Ángel González: control absoluto sobre la luz

“Nunca la tecnología puso a nuestro alcance un control tan absoluto de la iluminación como ahora, que podemos controlarlo casi absolutamente todo”, dijo Ángel Fernández en la décimo primera sesión de la Facultade Ágora. Este ingeniero técnico hizo un pormenorizado repaso por los aspectos más relevantes de la iluminación pública, centrándose especialmente en el proceso de cambio tecnológico que está experimentando este sector.

La experiencia de González se fragua a bordo de su empresa, Setga, una firma local de alta calidad y dimensión internacional, cuyo producto se fabrica íntegramente en Europa y se ensambla en Pontevedra, provincia que le sirve como campo de pruebas para todos sus avances. Uno de los últimos consiste en una técnica para adaptar la luz pública al ritmo circadiano de las personas, con distintas intensidades a medida que avanza la noche y va cambiando el tipo de actividad que se desarrolla en la calle.

Su intervención en Ágora fue ilustrada por numerosos ejemplos de proyectos realizados expresamente para Pontevedra, como la característica farola de su casco histórico, y otros lugares de la provincia como Tomiño o Sanxenxo, pasando por otras relevantes intervenciones ubicadas sobre todo en Holanda, lugar que consideró muy “difícil” al tiempo que atractivo para una empresa como la suya, al tratarse nada menos que la cuna de la Philips.

Una de sus aportaciones versó sobre la identidad que la iluminación aporta a los lugares donde se ubica. Además del aspecto propiamente funcional de facilitar la visión nocturna, es necesario considerar el puramente formal, la estética del mobiliario que emite la luz. Habló de que precisamente las hipervaloradas “farolas tradicionales”—los modelos “villa” y “fernandino”— de forja, tan habituales especialmente en los centros históricos de las ciudades, son modelos de importación europea que homogeneizan los lugares que iluminan.

Habló del gran valor añadido que aporta el diseño de las farolas a los espacios, además del propio diseño de la luz, que debe aprovechar la tecnología que tiene a su disposición no sólo para crear entornos interesantes, sino también para iluminar los espacios con más eficacia, menor consumo y menor contaminación lumínica, lo cual se logra en la actualidad con fuentes de luz muy pequeñas, pero con alto poder lumínico.

Hizo también referencia al código de buenas prácticas en iluminación pública: iluminar aquello que lo necesita, hacerlo en los intervalos que es realmente necesario, evitar la emisión de luz por encima de la horizontal, evitar la intrusión lumínica (penetración de la luz en domicilios particulares, por ejemplo), emplear niveles de iluminación ajustados a las necesidades de uso, con regulación de flujo y por último emplear luz con las características espectrales adecuadas para el uso previsto, limitando en lo posible la luz de longitud de onda corta (azules).

Habló González del tiempo que llevan las personas tratando de controlar la luz, un momento ubicado hace como 125.000 años, cuando se considera que el ser humano fue capaz de manejar el fuego a su antojo de manera generalizada. Parece que hace 100.000 años se sitúan los precedentes de las primeras lámparas, con conchas o rocas huecas que se rellenaban con musgo o grasa animal y se prendían. El siguiente hito se sitúa ya 4.500 años antes del mito cristiano, que se inventaron los primeros candiles, seguido unos 1.500 años más tarde con la invención de las velas.

Ya en nuestra era, en 1780 se crea la lámpara de aceite, unos años más tarde la de gas y a principios del XIX la lámpara de arco, a mediados la de queroseno y en 1880 la bombilla incandescente. De 1926 es la barra fluorescente, de 1930 la bombilla de vapor de mercurio, de 1970 la de vapor de sodio. Diez años más tarde se inventa la lámpara HM y en el 2000 la tecnología led.

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