García Delgado: “Ciudades compactas para salvar el planeta”

El catedrático de economía reivindica la ciudad como el espacio de interacción en el que hemos elegido vivir

“Como nuestra mejor creación, la ciudad, nos hace más ricos, más inteligentes, más ecológicos, más sanos y más felices”. Con esta frase de Edward Glaese recogida en su libro “El triunfo de las ciudades”, abrió José Luis García Delgado su conferencia en el noveno seminario de la Facultade Ágora. Este economista, catedrático e intelectual madrileño ofreció un repaso sobre la importancia de las ciudades y su espacio público como elemento cohesionador y proveedor de igualdad.

García Delgado habló de su experiencia con el también intelectual y arquitecto Luis Fernández Galiano, director de la más importante revista sectorial española, Arquitectura Viva, de quien tomó prestada otra significativa sentencia: “Las personas hemos votado con los pies y hemos elegido vivir juntos”, en referencia a la riqueza que en todos los aspectos supone vivir en ciudades, algo que ahora hace la mitad de la humanidad, en 2030 lo hará el 70%. Se supone que la ciudad de Lagos, en Nigeria, tendrá 80 millones de habitantes dentro de 30 años, ya que África crecerá un 100% mientras Europa decrecerá un 10% en el mismo período.

Desde el punto de vista histórico, económico y sociológico la ciudad es un espacio de oportunidades “donde se produce el uso más eficiente de los recursos, se ahorra energía y se acerca la demanda y la oferta laboral, facilitando la interacción entre las personas”. Existe una correlación entre el tamaño de la ciudad y el capital humano, lo que da como consecuencia un alto nivel tecnológico y una mayor masa salarial. Puso como ejemplo Madrid, cuyos salarios son de media un 30% más altos que los de su hiterland urbano.

La ciudad ideal se caracteriza por ser compacta y compleja, además de cohesionada socialmente. Al ser compacta, también es densa en población lo cual permite una convivencia más estrecha y mayor economía en los desplazamientos. Es compleja porque reúne en un solo espacio diversas actividades como la fabril, la residencial, la cultural y de ocio, que deberían estar más entremezcladas de lo que habitualmente están después de las décadas de zonificación que hemos atravesado.

Es la ciudad de proximidad, la del cuarto de hora, la que hace un uso más eficiente de los recursos y los servicios. En el otro extremo de la balanza se encuentra la ciudad dispersa, nacida al albur de la fascinación por el automóvil en el siglo XX y su universalización a partir de mediados de esa centuria. Una ciudad más ineficaz, en contraposición con la compacta, que ahorra tiempo, materiales de construcción, espacio territorial y energía. En este contexto citó una frase de apariencia paradógica: “el cemento es más verde que el césped”. “Las ciudades compactas son la forma más eficaz de salvar el planeta”.

Para finalizar su intervención, el profesor García Delgado quiso ofrecer varias características del espacio público, empezando por calificarlo como “el que le da sentido a la ciudad y el que sólo en la ciudad cobra relevancia, porque está muy frecuentado y delimitado, no como fuera de la ciudad, que parece inexistente y vacío. Puso de relieve el derecho al espacio público, al que situó al mismo nivel que la educación de calidad y la sanidad. Llamó la atención sobre su uso y conservación, de lo que responsabilizó no sólo a las autoridades competentes, sino también al resto de la ciudadanía.

Precisamente a los poderes públicos llamó a realizar una importante labor de pedagogía social en relación al espacio público, que no vive sólo de proyectos de obra, sino también de la difusión de los valores de la convivencia. “El espacio público, además, no sólo articula la ciudad, sinó que además la vertebra, crea una estructura, le aporta coherencia y sentido. Un espacio público en el que debe predominar la presencia humana antes que cualquier otra cosa “es algo que resulta demasiado evidente”, dijo el profesor.

Por último dijo que el espacio público debe servir para cohesionar, para aportar igualdad a las personas que viven en la ciudad, para limar las diferencias económicas, porque el espacio público en sí mismo equilibra, “consigue que nadie se sienta excluído”. Las ciudades deben ser las personas y sus dinámicas sociales internas, no una suma de células independientes, pues el medio urbano es el propio para la interacción, el encuentro y la interdependencia.

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