Isabel Aguirre: “Calles peatonales sí, pero también habitables”

La diferencia de una calle convencional con árboles y sin ellos es de 1.200 partículas en suspensión en las primeras y 12.000 en las segundas, tal como expuso la paisajista y profesora Isabel Aguirre de Urcola en el séptimo seminario de la Facultade Ágora, relacionado con la biodiversidad. Las calles y parques saludables han sido el hilo conductor de su intervención.

La definición de infraestructura verde fue uno de sus puntos de partida: “una red diseñada y gestionada para proporcionar un abanico de beneficios y servicios ecológicos, económicos y sociales para las personas, y que protegen la biodiversidad tanto de los espacios de valor ambiental, como de los asentamientos rurales y urbanos”. La existencia o no de esa infraestructura es lo que diferencia una ciudad verde de otra que no lo es.

Pero Aguirre fue más allá de lo físico para relacionar la calidad verde urbana con lo espiritual, lo psicológico y lo cultural: “Los famosos 10.000 pasos de la OMS se convierten no sólo en una necesidad física, sino también para el relax mental”. Tras quejarse de lo pésimamente diseñadas que están las ciudades para una vida en plenitud, constató que “el peatón ha dejado de caminar porque lo hemos confinado en los márgenes y obligado a trasladarse a toda prisa de un lugar a otro, siempre por necesidad, no por placer.

Además, afirmó que las calles “no sólo han de ser peatonales, sinó también habitables'', en referencia a las vías que, a pesar de no tener coches, continúan con un aspecto sórdido y solitario, por las que no apetece nada caminar: “cuanto más amable es la ciudad, más introducida en ella está la naturaleza”, dijo en referencia a las calles arboladas.

Amplió así mismo el concepto de ciudad verde en relación con sus árboles, para ir un poco más allá: la ciudad que completa ciclos naturales como el reaprovechamiento del agua de lluvia. Atacó la costumbre de construir tanques de tormentas a través de un ejemplo en el que participó como diseñadora: el Parque Val Grande, próximo al aeropuerto de Lisboa. Un lugar en el que las aguas de lluvia se recogen en lagos ajardinados y con un atractivo diseño urbano que sirven de “depósitos” para un agua con la que se riegan los jardines anexos.

Una infraestructura verde que puede complementarse con cubiertas vegetales o jardines verticales, “pero también con simples enredaderas”, elementos muy tradicionales en nuestro urbanismo y arquitectura, y que no requieren mucha inversión. Relacionado con el diseño urbano y los nuevos conceptos de ciudad, apoyó la eliminación del máximo de coches del espacio público y llamó la atención de los investigadores para resolver el conflicto entre árboles y farolas, ya que en muchos casos estas últimas pierden efectividad cuando las copas vegetales se desarrollan y las “engullen”, restando poder lumínico.

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