Izaskun Chinchilla propone “actuar sobre la capa blanda” de las ciudades

La arquitecta dice que los coches en las ciudades retrasan 10 años la corresponsabilidad de niñas y niños

La ciudad ideal es la ciudad mediterránea en el sentido amplio, una ciudad compacta, continua, con una idónea mezcla de usos, con abundante red de espacios exteriores y adaptados al clima de cada lugar. Así definió la arquitecta madrileña Izaskun Chinchilla como ve las ciudades a las que debemos aspirar. 

Fue en la tercera sesión de la Facultad Ágora, en la que participó con el también arquitecto Mateus Porto, el geógrafo catalán Pau Avellaneda y la ingeniera de la Diputación pontevedresa Andrea Otero. Chinchilla es arquitecta por la Politécnica de Madrid y trabaja en su propio estudio en esa ciudad.

“Tenemos un punto de partida muy bueno, con ciudades excelentes, resilientes y bien adaptadas, pero tenemos que incorporar cuestiones como la gobernanza participativa o la biodiversidad. Tenemos que trabajar en lo que ella llamó la “capa blanda” para conseguir ciudades más cuidadoras.

Una de las experiencias más enriquecedoras en la que participó tuvo que ver con la infancia, a través de un amplio estudio con profesionales de la pedagogía que llevaron a cabo en el barrio londinense de Candem, estudiando las motivaciones de los más pequeños para moverse entre la casa y el cole. Un estudio con maquetas arquitectónicas en el que descubrieron que la arquitectura para niñas y niños es sobre todo la experiencia personal que tienen con los edificios “y no lo que imaginábamos los arquitectos, como los colores, los materiales o las ventanas”. Cada edificio es lo que hice allí con mi tía o a donde fui con mi padre.

De esa derivada concluyeron que actualmente la sociedad retrasa unos 10 años el desarrollo experiencial de las personas. “Desde los 4 años una persona podría ir descubriendo la ciudad a través de su propia percepción, pero eso es algo que nos impiden los coches. Normalmente en la actualidad hasta los 14 años no se les deja ir solos, con lo que estamos retrasando 10 años el desarrollo personal relacionado con la corresponsabilidad en la ciudad”.

Chinchilla hizo un diagnóstico bastante crudo sobre los espacios de juego actuales, que son lugares segregados del resto de la ciudad por la necesidad de protegerlos del entorno; son parques “escolarizados” con instrucciones de usos muy precisas y estrictas, y que tienden a segregar por edades, ya que las personas mayores se quedan apartadas, como vigilando a las jóvenes “impidiendo la sanísima y fructuosa relación intergeneracional en el juego, que nos permite incrementar la corresponsabilidad de niñas y niños”.

En su intervención Chinchilla apeló en varias ocasiones a la necesidad de cambiar el papel que cumplen los coches en la ciudad: “Para cumplir con los Acuerdos por el Clima de París ya sabemos que es necesario retirar el tráfico motorizado, pero debemos ir más allá renaturalizando la ciudad y haciéndola compatible con los cuidados”.

En ese sentido señaló las señales de tráfico, las “líneas blancas” pintadas sobre el asfalto como “el gran fracaso del diseño urbano, porque una ciudad bien diseñada tiene que ser quien estimule la intuición de las personas que la utilizan, sin que sean necesarias tantas señales”.

Se refirió a los bolardos como esos “objetos aparentemente inocentes, como las señales de tráfico y las aceras segregadas, instrumentos para resolver el conflicto entre el coche y el peatón, conflicto que siempre se sitúa por encima del derecho al uso del espacio que deberíamos tener las personas”.

Considera que el diseño urbano se ha basado en un “desequilibrio de intereses”, tendentes a garantizar el desarrollo de las actividades productivas, olvidando el resto de actividades humanas: “Dejaron de ser importantes cosas como que podamos beber agua pública en la calle, pasear de manera protegida de las inclemencias del tiempo o incluso descansar en un banco público”. Esas “desatenciones” generaron muchos de los graves problemas que tienen hoy los espacios habitados.

Asimismo llamó a la gobernanza participativa como elemento dinamizador del cambio urbano a través de la implicación de las personas en el diseño y la transformación de su propio entorno.

Citó como ejemplo de la dispersión territorial no deseada una propuesta que han realizado para atajar la proliferación de segundas residencias ilegales en la región de Murcia, consistente en dotar a los espacios públicos no urbanos de áreas de descanso y cocinas públicas para que las personas puedan disfrutar de experiencias fuera de la ciudad.

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