Marta Román: jugar socializa, y la ciudad ha de hacerlo posible

La geógrafa participó en el octavo seminario hablando de cómo la ciudad influye en la necesidad infantil de jugar

La forma en que los humanos vigilan a sus cachorros, hiperprotegiéndoles ante los supuestos peligros del mundo fue el hilo conductor de la intervención de la geógrafa experta en movilidad infantil Marta Román en la Facultade Ágora, dentro del seminario dirigido a analizar las posibilidades de jugabilidad que ofrece el espacio urbano.

‘Le gusta jugar en la calle’ es un eslógan pulicitario referido a un Opel Astra. ‘He dominado desiertos, ahora domino tu calle’ una frase para vender toyotas. Y ‘Lleva a los niños al cole y a los hombres a la locura’ es un argumento para animar a comprar BMW serie 6. Las tres conforman ejemplos de cómo el automóvil se posiciona en los estándares publicitarios que ejercen una enorme presión sobre las personas para fomentar el consumo y acentuar las necesidades inherentes a la movilidad motorizada.

La infancia va ocupando un espacio territorial cada vez menor. Según un estudio, en 1919 dominaban un espacio caminable de 9,5 km. En 1950 el radio de caminabilidad de una persona se había reducido ya a 1,6 km. En 1979 una persona caminaba 1 km y en 2007 sólo 200 m. Este “encogimiento” del espacio supone una “domesticación” de la infancia en un ecosistema cerrado de felicidad en el que el binomio coche-casa supone el triunfo de la vida privada sobre la pública.

Román sostiene que los niños y niñas conforman una especie de objetos de lujo que las personas adultas subliman porque cada vez son más escasos. La infancia se ha convertido en un bien supremo e idealizado para las familias, que recurren a la hiperprotección para darles todavía más sentido de objeto precioso, convirtiéndolo en el centro de las familias. Pero ninguna familia puede sustituir a la sociedad como marco para una educación completa.

Ese afán hiperprotector convierte a los adultos —especialmente a las madres— en entidades siempre vigilantes y actuando para prevenir el conflicto. Así, según Román, se convierten en los responsables de lo que les pase, sin tener en cuenta que estamos criando hijos al margen de la sociedad, culpabilizando a las madres o a los colegios de las carencias o posibles disfunciones que provoca la crianza en el cerrado ambiente familiar.

Se desarrollan así espacios específicos para niños, en muchos casos rodeados de vallas, en los que puedan jugar pero siempre bajo la vigilancia de las personas adultas, que constantemente se inmiscuyen en la vida de los niños y niñas, imposibilitándoles de resolver sus propios problemas y creando con la escuela una cadena de custodia de la que los niños no pueden liberarse.

Trasladando este estado de cosas al diseño urbano, nos encontramos con ciudades dominadas por los coches, en las que los niños aparecen confinados en espacios especialmente pensados para ellos, todo bajo un relato del miedo, la fragilidad y la necesidad de protección que se manifiesta en el recorte de las libertades individuales de la infancia. 

Las calles en las que no se puede jugar, en las que el coche es el anfitrión pero en las que debería ser el invitado, deben ser liberadas y dotadas de espacios abiertos, con árboles, arte público y mobiliario urbano que permita el juego, además de espacios abiertos y no definidos, como los descampados. Espacios, en definitiva, que ayuden al juego infantil y permitan a las personas más jóvenes iniciar su camino en la vida en contacto con los demás, y no sólo con sus familias.

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