Paula Teles: cómo se recuperan las ciudades portuguesas

El cambio en el estilo de vida y las necesidades del planeta definen el nuevo diseño de las ciudades

La infraestructura urbana debe adaptarse a los nuevos estilos de vida y a la evolución del estado del planeta. La pandemia ha demostrado que la ciudad no existe sin la ciudadanía y es esta quien debe protagonizar de nuevo la vida urbana. Son ideas puestas sobre la mesa por la urbanista y asesora portuguesa Paula Teles, una de las más reputadas planificadoras lusas, que participó en la cuarta sesión de la Facultade Ágora, dedicada a las personas como principales protagonistas de la movilidad.

“Hubo un tiempo en que pensar la ciudad consistía en poner unas infraestructuras encima de otras, sin tener en cuenta a las personas… así hemos llegado a ver cómo los niños y niñas se convertían en simples habitantes de la ventana trasera del coche de sus padres”, diagnosticó Teles antes de referirse a las nuevas tendencias que se observan, como el alargamiento de la vida humana, el papel social de las mujeres, el derecho a la ciudad, a una movilidad inclusiva, la prevención de las alteraciones climáticas o la necesaria descarbonización del espacio público.

Es relacionando inteligentemente los conceptos de salud, edad y ciudad como conseguiremos un mayor beneficio social, pues podremos intervenir en el diseño de espacios para los nuevos estilos de vida. Un planteamiento que se está realizando en todo el mundo y al que Portugal no es en absoluto ajeno. Para desarrollar procesos de humanización y descarbonización del territorio se centran sobre todo en modificar los espacios ya construídos, ya que las nuevas extensiones tardan mucho tiempo en materializarse.

Teles, gran conocedora de los avances en numerosas ciudades lusas, realizó un repaso comenzando por la capital del Algarve, en el sur. Faro eliminó una ferrovía que la separaba del mar, derivando el nodo intermodal hacia una zona más periférica, lo que hizo posible la reconexión de la ciudad con el mar. El caso de Braga consiste en sistematizar las distintas zonas de la ciudad, fracturadas por grandes vías de rodadura, hasta adoptar el sistema de supermanzanas, logrando espacios más orgánicos.

La ciudad de Guimaraes, de 160.000 habitantes es un ejemplo de caminabilidad debido a su escala humana. Se trata de una ciudad 30, con el tráfico necesario, que se dotó de un plan de accesibilidad para corregir los problemas. Así mismo se dotó de un sistema de redes ciclistas en los espacios necesarios, con soluciones distintas según los espacios, pues en muchos de ellos, las bicis pueden compartir espacio con los automóviles sin problema.

El caso de Nazaré, una pequeña ciudad de la zona central, se trataba de desatascar sus pequeñas calles frecuentemente agobiadas por el tráfico motorizado y promover la movilidad peatonal. También es un ejemplo en cuanto a su movilidad vertical, resuelta con un funicular que permitió un fácil acceso a ciertos lugares aislados del municipio, y será la primera ciudad de Portugal en proclamar una movilidad de cero carbono, en pocos años.

La ciudad turística de Vilamoura, en Algarve, está transformando poco a poco su espacio urbano recuperando calles para el tráfico peatonal y con la finalidad de recuperar la conexión entre su playa y su trama urbana, que había sido arrebatada por el coche. Su naturaleza turística y sureña le ha permitido ser muy generosa en la utilización floral no sólo con finalidad ornamental, sino para crear espacios de visibilidad, mejorando la seguridad vial. Quarteira, una ciudad anexa a Vilamoura, también se embarcó en recuperar su gran alameda de conexión con el mar, convirtiéndola en una vía verde.

Sobre Porto relató la gran dificultad para abordar la transformación de una ciudad volcada en el turismo y de enorme éxito. Su gran densidad poblacional, su dimensión metropolitana, sus dificultades en el reparto del suelo, la expulsión de los moradores tradicionales debido a la presión turística… ante todo ello están recuperando el espacio público con acciones de acupuntura urbana, ya que el propio suelo de la ciudad es todo un museo en sí mismo, el reflejo del paso del tiempo.

Dejó para el final el caso de Aveiro y sus planes en marcha de recuperar las rondas exteriores de la ciudad, en contacto con su ría, para transformarlas de carreteras en calles, interconectando los espacios urbanos con los rurales, estrechando las áreas de circulación rodada para conseguir vías más amables para hacer posible la actividad humana.

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