Tonucci, contra la hiperprotección a la infancia

A excesiva protección á que nenas e nenos están sometidos polos seus proxenitores na actualidade preocupa moito a unha das grandes figuras intelectuais que toman parte na  Facultade Ágora, o  psicopedagogo e debuxante italiano Francesco Tonucci, un dos grandes  difusores internacionais da recuperación da cidade coa mirada infantil. Resumiuno nunha gran frase que lle dixo unha nena colombiana en Bogotá: “Danarse é importante, porque se aprende”.

Tonucci trazó un diagnóstico sobre la infancia en nuestra época, optando por una aparente paradoja: la ciudad debe ser jugable, pero sin espacios de juego para niños. Esa fue una de las aportaciones más significativas, ya que se mostró contrario a la existencia de parques infantiles: “Los niños y niñas tienen que jugar en cualquier parte de la ciudad, que debe vaciarse de sus principales peligros, los coches, y ser entregada al juego”.

“La ciencia es unánime al considerar que el juego es la expresión más importante en la vida de una persona, la experiencia que produce un mayor y mejor desarrollo congnitivo y social. Ya lo sabíamos, pero ahora, con la neurociencia, se confirma”, sentenció el científico italiano. “Además, el juego es una competencia exclusiva de la infancia; las personas adultas no deberían ni organizarlo ni vigilarlo, sólo permitirlo”. Ya la Convención de Derechos de la Infancia lo resalta al considerar que la sociedad debe “empeñarse y comprometerse” con el juego. “Los niños no sólo tienen el derecho, sino también el deber de jugar”, dijo Tonucci.

Ya en 1991, cuando comenzó la iniciativa “La ciudad de la infancia”, Tonucci propuso al alcalde de Fano, su ciudad, que propusiese que niñas y niños saliesen solos de casa, sin la compañía de personas adultas, para vivir la experiencia del juego. Hizo referencia a la idea común de que la ciudad debe contar con más y mejores espacios para la infancia, inclusivos para las personas con discapacidad, y con fuentes y baños, ideas con las que se mostró en desacuerdo: “la ciudad debe ser jugable sin espacios específicos”.

La desaparición del juego en el sur de Europa tiene, a juicio de Tonucci, dos causas: “Desapareció la confianza de los padres, porque estos creen que tienen niños tontos, a quienes creen incapaces de ir solos por la calle, pero los niños son capaces. Quienes no son capaces son las ciudades, que se convirtieron en espacios hostiles”. La segunda causa es que desapareció el espacio público, y con él, el espacio donde principalmente se vive el juego. El derecho al espacio público está al mismo nivel que el derecho a la salud o el derecho a la educación.

Y hablando de educación, Tonucci se mostró muy crítico con la escuela, “que se come el tiempo de ocio de la infancia al ofrecer un servicio social a las familias cuidando 8 horas de los chavales: eso no es educación, es asistencia”, sentenció. “Hoy es más difícil para un niño jugar a la pelota en la calle que estudiar fútbol”. 

Según el pensador italiano, la convención de los derechos del niño habla del derecho a la escuela y del derecho al juego, “pero no dice que la escuela sea más importante que el juego”, pero fue más allá: “De la misma forma que a la escuela no pueden llevarse juegos, a la escuela no debiera permitírsele poner deberes, ya que estos se comen el tiempo de juego”. En este sentido hizo referencia a un programa del gobierno argentino que está animando a los niños a recuperar el juego en la calle, bajo el título “Salir a jugar”.

Hace además constantes referencias a que el juego debe desarrollarse espontáneamente, sin la compañía de personas adultas, ya que es la única experiencia que permite a niñas y niños conocerse mejor, algo fundamental para desarrollar la personalidad: “Los niños se conocen, elaboran estrategias sociales, hasta el momento en que los padres pueden conocer mejor a sus hijos y llegar a la convicción de tener confianza en ellos.

El juego además, permite a los maestros conocer mejor a sus alumnos y evaluar las distintas capacidades para que en la medida de lo posible puedan personalizar su paso por la escuela, según las capacidades y las características de cada persona, ya que la educación debe estar encaminada a desarrollar la personalidad, no a memorizar datos.

Animó a los municipios a poner dos carteles en la entrada de sus ciudades: Una, que indique la velocidad máxima a 30 porque hay niños en las calles jugando, y otra que declare “ciudad sin deberes” y sin espacios de juego para niños, ya que pueden disfrutar en cualquier parte del espacio público.

Durante el coloquio, Tonucci habló de los caminos escolares, mostrándose totalmente contrario a los que se organizan para ir en grupos, uniformados o en fila hiperprotegidos. “El Camino Escolar es sólo una forma de aprender a ir solos, a hacer una vida autónoma en la calle, porque lo importante de ir a clase es poder jugar con otros niños, charlar sobre sus cosas”. “Lo que tenemos que conseguir son ciudades acogedoras con la infancia; hay que ir más allá del camino escolar tal como lo conocemos. La presencia de niños en la calle produce seguridad”.

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