Zaida Muxí: “Si la ciudad no favorece a los cuidados, no favorece a las mujeres”

La arquitecta y urbanista habló en la Facultade Ágora de lo poco que ayuda la ciudad a las labores reproductivas, un 70 de las cuales son realizadas por mujeres

Los cánones del diseño urbano están realizados con medidas masculinas, porque lo que prima son las facilidades para la gente que trabaja, mayoritariamente hombres, dejando de lado las que se dedican a las labores reproductivas. Es la tesis que sostuvo Zaida Muxí, la arquitecta de referencia en urbanismo de género y profesora en la ETS de la Autónoma barcelonesa, que participó en la décima sesión de la Facultade Ágora, dedicada a la inclusión.

La ciudad atomizada en áreas de trabajo, ocio y residencia se distribuye por el territorio como masas aisladas que necesitan el coche para comunicarse entre ellas, impidiendo de alguna forma la esencia de la ciudad, que la aporta la variedad de usos, la mezcla. Además esta zonificación supone que muchas personas tienen que permanecer en sus casas, atendiendo a las labores reproductivas, mientras otras participan en la vida laboral.

Para hacer frente a esta situación nace la filosofía del Derecho a la Ciudad, que reivindica sobre todo las distancias cortas, aquellas que pueden superarse caminando o en bici, ciudades amables en las que todas y todos son diferentes, creando una rica interrelación de la que el conjunto de las personas sale beneficiado.

Esa división social entre actividades mayoritariamente laborales y reproductivas determina una brecha de género muy evidente, ya que se estima que el 70% del trabajo reproductivo (cuidado de niñas y niños) lo realizan las mujeres. Visibilizar esa diferencia es el primer paso para ir superándolas y que las calles se conviertan precisamente en espacios para una vida mucho más plural. Las y los arquitectos urbanistas deben estudiar este tipo de magnitudes observando las calles con esa mirada y desde la propia calle, no sólo frente a los planos de las obras que realizan: “Hay que vivir la calle, escuchar, observar la realidad”.

Citó tres maneras de acercarse a un proyecto de transformación: “la primera observar la experiencia que se vivirá en ese espacio, las personas que lo habitarán; la segunda concebir la ciudad como un sistema complejo de naturaleza física y humana; y la tercera precisamente intentar situar a la persona en el centro de esa realidad, porque muchas veces las personas no figuran en la ecuación urbana”.

Las transformaciones urbanas han de basarse en los conceptos de interdependencia y ecodependencia para dotarlos de una proyección de futuro. La ecodependencia se basa en que el ser humano sólo es una parte del planeta, junto con otros seres vivos, y que esa relación no tiene que ser jerárquica, ya que cada ser vivo ocupa su lugar: “tenemos que reconocer nuestra vida en común”.

En cuanto a la interdependencia, la consideró la antítesis del modelo liberal, que fomenta el individualismo por encima de todo, y animó a reconocer que de una u otra forma todos dependemos de todos, lo cual debe traducirse en una empatía generalizada. Relacionó este concepto con el de los cuidados, que necesitan apartarse del aislamiento y la individualidad.

La ciudad diseñada desde una óptica feminista tiene que facilitar no tanto los desplazamientos rectilineos, sino los complejos, los que permiten ir de paso a varios sitios realizando distintas tareas relacionadas con los cuidados, tanto a pie como en transporte público. Al otro lado de la balanza se encuentra la ciudad masculina, lo más rectilínea posible para facilitarle las cosas a los coches, gran símbolo de ese modelo.

Se refirió también a dos experiencias barcelonesas. En una encuesta que preguntaban a los niños que le pedían a la ciudad, la primera demanda fue “lugares para jugar al fútbol sin prohibiciones”, ya que en ese momento estaba prohibido jugar a la pelota en prácticamente cualquier lugar del espacio público, algo que ahora no ocurre.

Otra se refiere a una comprobación que realizaron sobre la existencia de bancos en la ciudad “bancos que son elementos de primer orden en cuanto a la autonomía personal, pues permiten a las personas mayores ir caminando o utilizar el espacio público, al tener donde sentarse de vez en cuando”. El resultado es que la mayoría del barrio analizado estaba desprovisto de bancos públicos, que sólo existían en dos o tres calles frecuentadas por turistas, pero en el resto prácticamente eran inexistentes.

También se felicitó por el programa barcelonés de ganar espacio público en los entornos escolares, un programa que este año favoreció a 78 escuelas del municipio.

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